Foto: Ale Doti / Cortesía de MalfiCo

Mi Amigo Invencible, reconocida agrupación argentina con más de 10 años de experiencia y una decena de lanzamientos discográficos en su currículo, se presentará por primera vez en México.

Los oriundos de la provincia de Mendoza no se andan con medias tintas: cuatro presentaciones en diferentes ciudades, en un sólo fin de semana. A su llegada ya han probado los tacos mexicanos y están felices de que su música los haya traído a un destino más.

A propósito de su debut en México y de su más reciente álbum (Dutsiland, 2019), platicamos con Mariano Di Cesare, voz y guitarrista de esta numerosa agrupación cuya base de fans es proporcionalmente robusta en Latinoamérica.

Vienen a México, pero además vienen con todo: cuatro presentaciones en diferentes locaciones (Monterrey, Ciudad de México, León y Toluca) en la misma semana. ¿Cómo se sienten al respecto?

En un principio el plan era una sola presentación. Y el Foro Indie Rocks lo venimos siguiendo hace años y pensamos, quizá este lugar sea el más indicado para una buena y sola presentación.

Pero como se dieron las cosas, y como cuesta bastante venir hasta acá, dijimos: “bueno, completemos el fin de semana. Vamos a girar el resto de las ciudades”. Y es lo que hacemos en Argentina. Estamos acostumbrados a tocar cuatro o cinco días seguidos, estar cinco días de tour. Nos sentimos agradecidos de poder viajar con nuestra música, que nos haya llevado tantos kilómetros de paseo.

A ustedes ya se les conoce por sus shows en vivo, por su energía. Creo que este ritmo de trabajo ya es parte de su forma de operar, ¿no?

Sí. Hay mucha gente que también se sorprende al vernos por primera vez en vivo, y nos viene siguiendo desde hace muchos años con los discos. El en-vivo es algo totalmente distinto a los discos. Subimos al escenario a jugar, a improvisar y eso tiene otra fuerza. Bailamos con canciones tristes, felices, tranquilas, o lo que sea. Pero una vez que ya nos viste en vivo, tu percepción de la banda cambia.

Este año traen Dutsiland. Tiene justamente todas estas emociones que me comentas. ¿Qué historia hubo detrás del concepto de este álbum?

La historia fue bastante personal. Vivíamos en una provincia en Argentina [Mendoza], en la Cordillera de los Andes, y nos fuimos a vivir a la ciudad. Fueron 10 años de pagar rentas, de alquiler para el ensayo. Fuimos perdiendo el sentido de pertenencia: tu sonido no era propio, tus tiempos no eran propios. Eso nos fue modificando como banda. Fuimos enfriándonos hasta que en un momento de crisis dijimos: si no tenemos nuestro propio lugar y tiempo, no podemos continuar.

Entonces hicimos una campaña dentro de una situación económica muy difícil de Argentina. Construimos nuestro propio hogar, nuestro propio estudio. Y eso nos transformó, porque encontramos un sentido de pertenencia. La inspiración total de este disco vino de mirar hacia nosotros como un grupo de amigos después de 10 años, e improvisar, jugar con la música. Y sobre todo, vivir la experiencia con un productor como Luke Temple que vino de California para trabajar con nosotros, con otro idioma, otras ideas, otro concepto de la cultura. Hubo un mix de esas cosas y generó algo nuevo.

Ahora que mencionas a Luke Temple, ¿cómo fue trabajar con él, que está más vinculado al folk y el pop, o con John McEntire, que viene del post rock y el jazz? Muy distinto a lo que hacen ustedes.

En realidad nosotros somos más oyentes de esa música que de la música que hacemos. Íbamos en busca de ese sonido. Y esa fue la mezcla de la que te hablo: un poco de lo que somos nosotros y un poco de nuestras influencias, de esa búsqueda por experimentar. Fuimos a meternos a una escuela de la experimentación. Tanto Tortoise [banda de McEntire], como Luke Temple trabajan así la música. Y nosotros necesitábamos borrar ciertos límites estéticos que nos generaba nuestro estilo de música. Y dentro de la experimentación se encuentran lugares más abstractos, más ambientales, que es lo que se funde con nuestra canción. Generamos ese equilibrio entre canción pop, estructura de pop, con ambientes más oníricos y surrealistas.

Lo que más me influencia es el folk, y el estilo crooner del folk: Bill Callahan, Bob Dylan, Johnny Cash. La canción como fibra, como semilla. Es donde nace nuestra música. Y después, al ser un grupo numeroso —somos seis en este momento—, es donde entra la experimentación que empieza a destruir los límites de la canción.

Provienen de Mendoza, una ciudad multicultural con gente de orígenes muy diversos. ¿Ha ayudado esto a llegar a personas de otros países, a conectar con ellas?

Yo creo que sí. Todo es fruto de ese eclecticismo, de esa multiculturalidad; también se ve reflejado en nuestra música. Nuestra idea es ser ciudadanos del mundo, y no atarse a algo fijo, a algo concreto, que es lo que trata de explicar Dutsiland.

“Dutsiland” es una palabra que no se encontraba en Google, y eso era lo que más nos interesaba. Que fuera una palabra libre y abierta. Eso ayuda a poder ingresar a terrenos bastante disímiles.

Llevan ya más de una década haciendo esto. Si pudieran decirle o aconsejarle algo a su yo de hace 10 años, ¿qué sería?

Uff, montón de cosas. “No se emborrachen tanto”. La verdad es que no podría aconsejarme, porque somos, como se dice, discípulos de la experiencia. Cada momento es por lo que es. La experiencia es lo que te forma. Y si no hubiéramos cometido tantos errores, tantas malas decisiones que aún seguimos haciendo porque somos personas… esta banda se nutre de buenas y malas decisiones.

Lo que está bien es siempre arriesgarse, porque estamos vivos. Eso es lo que le diría, sigamos arriesgando, saliendo de la rutina.

Volviendo a Dutsiland, el símbolo principal es el gallo. ¿Qué es lo que representa para ustedes o cómo se traduce musicalmente?

Es bastante directa la iconografía del gallo. Tratábamos de condensar lo que vivimos trabajando ese disco. Fue toda una experiencia, en la cual estuvimos nueve días con Luke Temple en el campo, grabando el disco.

Las letras las escribíamos a las 7:00 de la mañana cuando despertábamos antes de ir a grabar. Y nos despertábamos con un gallo a lo lejos. Las letras se apoyaron en esa sensación de la mañana, en la que aún no te conectas con la realidad ni con las redes, ese momento han hermoso en que se confunden los sueños con la realidad. Queríamos dilatarlo, y no sabíamos cómo representarlo.

Al principio la idea de la tapa era un sol naciente, el alba o el amanecer. Pero el plumaje del gallo representaba un poco la musicalidad y las pinceladas musicales de esa experiencia: el desbordamiento de los límites, lo abstracto.

Está muy ligado a la técnica también. El gallo no sería el mismo sin la técnica. El dibujante, Federico Calandria, con el que venimos trabajando todos los discos, también se adaptó a una nueva forma en la que se borran los límites. No hay líneas que delimiten esas plumas, ese clima. La indefinición de la técnica y ese impresionismo es lo que define un poco al disco y su concepto. La luz del día.

De la pista titular, “Dutsiland” hay un par de versos que me dan bastante curiosidad, y son también las líneas con las que están abriendo sus shows:

«Basta ya de idealizar
lo que tengo es tan normal y especial»

¿Qué me pueden decir de esta idea en particular?

Nació como algo personal. Como artista uno tiene miedos, temores, ambiciones. Siempre se apoya en su ídolo, en su influencia. Ese maldito ídolo que no te deja ser vos mismo. Piensa que puede ser el otro. Y en realidad el otro es la idealización.

Es darse un poco de entusiasmo, ponerle lo especial a tu normalidad. Tu normalidad es especial y única. [“Dutsiland”] se medio linkea con “Loco”, que habla de querer pertenecer, a algo que estás viendo afuera. Pero Dutsiland no tiene definición. Tampoco me gusta explicar mucho las letras, porque justamente lo que quieres es que seamos libres como espectadores y cada quien pueda interpretar lo que quiera.

Nosotros trabajamos para la libertad. El riesgo es romper con la rutina, con esa prisión constante. Hay gente que quizá puede convivir más con la precisión de los días y la prisión del cuerpo. La búsqueda de la libertad, el arte es nuestro camino hacia eso.

¿Qué reto representó grabar un disco sucesor para un álbum tan importante para ustedes como lo fue La Danza de los Principiantes [2015]?

Al principio era un reto, como decís vos. Ese temor de no hacer algo tan potente como lo fue La Danza… Pero al encontrarnos con el concepto de experiencia, y aceptar lo especial de ello, la normalidad, y dejar de idealizar y repetir una experiencia, esa presión se borró. Empezamos a encontrarnos con lo natural de un disco nuevo.

La Danza de los Principiantes era irrepetible, fruto de una experiencia pasada. Y las experiencias son irrepetibles. Por eso insisto en que es lo que rompe la rutina y la repetición. Directamente nos entregamos y el riesgo fue traer a Luke Temple para que le diera esa vuelta de tuerca y nos entregara esas pinceladas mágicas. El arte se crea con buenas y malas decisiones, y la decisión de traer a Luke fue un concepto artístico, de creación.

Para quienes aún no los conocen acá en México, ¿qué les podrían decir que les espera en un concierto suyo?

Algo que los sacará de la rutina con mucha fuerza y potencia. A nosotros nos gusta que la gente cierre los ojos y vuele, baile. Tenemos la suerte de poder lograrlo con nuestro sonido.

Parte del trabajo de esa expresión artística es tratar de ofrecer un show con mucha más fuerza de la que encuentras en un disco, y que todos vivamos una experiencia única.

Este disco, Dutsiland, nos tocó con la varita mágica de la improvisación. Nos adaptamos a la gente que está observándonos cada noche, y Dutsiland se convierte en un momento único, en algo que rompe la rutina. Uno puede viajar por distintos lugares de su interior y exterior. Con situaciones más tranquilas y otras más fuertes, rockeras que te dan ganas de saltar, hacer pogo, y otras que te dan ganas de desplomarte en el piso, cerrar los ojos y viajar. Eso es lo que ofrecemos.

 

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