15 tracks y 38 minutos de música inclasificable. En este 2019 cumple tres décadas desde su publicación, y lejos de parecer anticuada, esta música resuena cada vez más contundente, atemporal.

Guitarras punk aderezadas de surf, surrealismo, impresionismo, Luis Buñuel, Salvador Dali, Paco Picopiedra, baterías jazzeras, violencia, rabia, pegajosas melodías power-pop, riffs punzocortantes, impredecibles cambios de ritmo, palabrotas, David Lynch, el berrido como forma de canto. Todo ello converge en Doolittle, segundo disco de estudio de los Pixies. Y de alguna forma milagrosa, funciona.

Y este caldo indigesto de corrosivos elementos, de fétido aroma y agridulce sabor, fue punto de partida para quienes convirtieron al rock de garage en su credo. De Kurt Cobain a Radiohead, pasando por todo el circuito alternativo de finales de los ochenta e inicios de los noventa y posteriores. Es el alcance de una obra disruptiva como ésta.

Black Francis, Kim Deal, Joey Santiago y David Lovering son los genios locos detrás de éste y otros álbumes indispensables del grupo. Rondaban apenas los veintitantos años. Ninguno de ellos era un virtuoso de su instrumento.

No obstante, la mezcla de estos cuatro músicos derivó en un sonido irrepetible que si bien no está exento de influencias —Ramones, Beatles, Sabbath, Stooges—, sí obtuvo lo que toda banda aspira a tener: un sello inconfundible.

Doolittle es quizá el trabajo que mejor condensa su discurso e identidad musical. Desde la estampida estridente y francamente genial de “Debaser” hasta la inaudita potencia proto-grunge de “Gouge Away”, es una grabación sin desperdicio. Nunca sonaron más compactos o en mayor sincronía.

Contribuye en gran medida que el disco contenga algunas de las joyas pop más accesibles del catálogo Pixie (“Here Comes Your Man”, “Monkey Gone To Heaven” “La La Love You”). Pero hay también piezas como “Hey”, que se debaten entre la más absoluta agonía letrística y los coros más dulces: un himno al amor tóxico, a los amantes irremediablemente codependientes. Es el tipo de contrastes que pueden surgir en los microuniversos de Black Francis.

Pero aún con las referencias bíblicas de un tema como “Monkey Gone To Heaven” —si el Hombre es 5, entonces el Diablo es 6, por lo que Dios es 7— gran error sería tomar demasiado en serio las letras del ahora llamado Frank Black. En realidad, gran parte del encanto de los Pixies es el escaso análisis que sus versos demandan. Todo se reduce a su su sonido, su actitud, su insolencia como discurso.

30 años después, tal retórica se mantiene firme. Nuevas generaciones siguen maravillándose con estos viejos sinvergüenza defensores del más bizarro punk-garage. Las canciones de Doolittle siguen causando sensación en sus conciertos.

Impulsado por un sello discográfico mucho más grande que sus obras previas (Elektra), el álbum representó la evolución natural de un disco inmejorable como lo fue Surfer Rosa. Es fácil entender por qué a la crudeza de su sonido y carencia de pretensiones, George Starostin los calificó como “un aura de inocencia artística que no puede hallarse en el siglo veintinuno“.

Doolittle demuestra que la ironía puede, a veces, funcionar como un poderoso motor creativo. Es capaz de hacer mayor eco que el grito más contestatario. Los Pixies, de alguna manera, siempre lo supieron.

 

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