Ilustración: Néstor Ortega / Grupo ACIR

En su capítulo titulado “Arkangel”, la serie Black Mirror planteaba las posibilidades y consecuencias de que la gente pudiera bloquear visualmente todo aquello que le desagrada o incomoda, desde la infancia. Y el asunto no termina muy bien…

“No sabemos quién descubrió el agua, pero sabemos que no fue un pez”, decía el pionero en los estudios de medios masivos —y una especie de profeta de la era digital—, Marshall McLuhan.

“De hecho, debido a que están completamente inmersos en ella, viven inconscientes de su existencia. De forma similar, cuando una conducta es normalizada por un ambiente cultural dominante, ésta se hace invisible” aseguraba.

Para aquellos tiempos, finales de los sesenta, McLuhan se refería a todos los comportamientos, normas sociales y estilos de vida aspiracionales que imponían la televisión, la radio, el cine, la publicidad y los signos, imágenes y símbolos de los medios impresos.

¿Qué diría el buen McLuhan en plena era digital? ¿Qué tipo de análisis arrojaría sobre monstruos como Instagram, Facebook, Twitter, YouTube, Twitch y tantas otras? Quizá estaría interesado en el concepto de echo chamber (cámara de eco), o se habría anticipado a ello. Para quienes usamos diario el internet, no es raro ni difícil caer en este fenómeno.

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El término se refiere a la sobreexposición del usuario a sus propias creencias, preferencias y opiniones. Ya que éstas se presentan constantemente en su entorno digital, resonarán una y otra vez en la mente del internauta, tal como lo haría el sonido en una cámara de eco.

La posible consecuencia de la exposición a una cámara de eco es la anulación parcial de la realidad, producto de un consumo de información sesgada. De pronto, parecerá que todo el mundo habla solo sobre lo que nos interesa, aquello que nos agrada y no nos incomoda. Dará la impresión de que todos están de acuerdo con nuestras filias y fobias, con nuestras posturas y opiniones. Las alternativas y antítesis desaparecerán del radar de pensamiento. La subjetividad y la desinformación estarán a la orden del día. Cada usuario se acomodará en la realidad que más le convenga.

Si el problema crece, el internauta pensará que la vida es como la observa en la pantalla. Vivirá con una idea distorsionada del mundo real y lo que ocurre en él. Nada lo refutará ni pondrá en duda sus creencias. Sus prejuicios dejarán de parecer tales, y se asemejarán más bien a una verdad incontrovertible, pues “todos” hablan sobre ello y parecen estar de acuerdo. En inglés le llaman confirmation bias, que puede traducirse vagamente como “confirmación del prejuicio”.

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Que lo anterior ocurra con cada vez más frecuencia se debe en parte a que, desde hace algunos años, los algoritmos de las redes sociales tienen por objetivo mostrar sus contenidos no de manera cronológica, sino potenciados según el interés del usuario: la experiencia personalizada del social media. Pero observar solo aquello que nos agrada y ocultar lo que no —tan inofensivo como podría sonar— tiene efectos sociológicos importantes.

Las echo chambers no se limitan solo al entretenimiento y al ocio. Reforzarán también las posturas sociopolíticas del individuo, y le harán más propenso a la división ideológica respecto a personas con pensamientos distintos, aquellas que encontrará en el mundo real. ¿Cómo puedo yo estar equivocado y tú en lo correcto si en el internet todos dicen que tengo la razón?

Esto es particularmente problemático en el entorno altamente politizado de las redes sociales, tan propensas a la desinformación y los rumores que se toman como noticias. Ello puede devenir en polarización, odio, intolerancia e incapacidad de concebir otras opiniones y formas de pensamiento. En México este tipo de conflictos parecen ser cada vez más agudos, más evidentes. Basta con echar un vistazo a los trending topics del día referentes a cualquier asunto sociopolítico y leer sus respectivos comentarios.

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El internet puede ser un lugar donde podemos escuchar muchas voces, muchas más que antes. Pero también puede fomentar el hábito de escuchar a solo unas cuantas, y pensar que representan un todo, una perspectiva amplia y heterogénea. ¿Qué tan ventajoso es, en realidad, rodearse solo de individuos que comparten puntos de vista casi idénticos?

En el mundo no-virtual, los individuos nacen en un entorno y su mente se amolda de acuerdo a los parámetros culturales más inmediatos: su familia, su escuela, su ciudad o pueblo, así como la información que percibe a través de los medios de comunicación y que codifica con sus cinco sentidos. Se nutre de todo tipo de conocimiento, sea atractivo o repulsivo. Está expuesto a “buenas” y “malas” personas. Choca de frente con pensamientos ajenos que se contraponen a todo aquello en lo que cree. Y entre todo esto, hay muchos matices y zonas grises intermedias. De todo la anterior nace, con suerte, un criterio propio.

Así como algunos se preguntan si la gente hace a una ciudad, o es la ciudad la que hace a las personas, uno puede preguntarse, ¿las personas conforman las redes sociales o son éstas quienes moldean su pensar y hábitos? No es sencillo determinarlo, pero una cosa es segura: el mundo digital es un factor cada vez mayor en la construcción de la percepción de la realidad. Hay que darle la importancia debida.

Para consultar también:

‘Our minds can be hijacked’: the tech insiders who fear a smartphone dystopia, The Guardian

Bubble trouble: how internet echo chambers disrupt society, The Economist

Echo chambers are dangerous – we must try to break free of our online bubbles – The Guardian

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