México tiene una manera muy particular de relacionarse con la muerte. Entre flores de cempasúchil, velas, música, colores y recuerdos, cada año nuestras tradiciones nos recuerdan que quienes se fueron siguen presentes en nuestra memoria. Y entre todas esas expresiones, la Catrina se ha convertido en uno de los símbolos más reconocibles de nuestra cultura.
Con esta esencia como punto de partida, Guerra de Catrinas reunió nuevamente talento mexicano para convertir el maquillaje, el vestuario y la caracterización en verdaderas expresiones de arte.
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Un encuentro entre tradición y creatividad
Durante el evento, el cuerpo se convirtió en un lienzo y cada participante encontró en la Catrina una forma de contar su propia historia. Maquillajes llenos de detalles, vestuarios elaborados, texturas, colores y caracterizaciones transformaron a cada artista frente a los ojos del público.

La pasarela se llenó de energía mientras las participantes presentaban sus creaciones y buscaban conquistar al jurado. Cada propuesta tenía una personalidad propia: algunas retomaron elementos tradicionales, mientras otras exploraron nuevas formas de representar a este personaje que, con el paso de los años, ha logrado mantenerse vigente.
Más que una competencia de maquillaje, Guerra de Catrinas se convirtió en un encuentro con el arte y con una tradición que continúa evolucionando.
Una tradición que se niega a desaparecer
La Catrina nació como una representación crítica de la sociedad y, con el paso del tiempo, terminó convirtiéndose en uno de los grandes emblemas del Día de Muertos. Hoy aparece en altares, desfiles, calles, escenarios y expresiones artísticas que mantienen viva la tradición.

Eventos como Guerra de Catrinas demuestran que preservar nuestras raíces no significa dejarlas intactas. También significa permitir que nuevas generaciones las interpreten, las transformen y encuentren nuevas maneras de acercarse a ellas.
Y aunque al final de la jornada hubo reconocimientos y propuestas que destacaron sobre otras, resultaba difícil hablar de perdedoras. Cada caracterización representó horas de trabajo, imaginación y pasión por el arte.
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Esa es una de las cosas más bonitas de nuestras tradiciones: que pueden cambiar de rostro sin perder su esencia. Y en Guerra de Catrinas, cada rostro pintado recordó que, en México, hasta la muerte puede convertirse en una celebración de la vida, la memoria y nuestras raíces.

